Ilustración del cuento

El último dálmata

Un hombre descubre que quizá no sea el único que comprende la última voz de su lengua.

Tuone bajó las escaleras del antiguo Monasterio de Vikla llorando; sabía que ese era el fin de una época y de prácticamente toda una civilización. Sus padres eran las únicas personas con las que aún pudo hablar dálmata y ahora su madre había fallecido. En su cabeza, no podía crear ninguna idea en lengua eslava. Todos sus sentimientos, todas sus emociones, sus llantos, sus miedos, sus tristezas y sus alegrías solo las podía expresar en lengua dálmata. Caminó prontamente a la iglesia de San Quirino en donde había sido bautizado, como toda su familia, se arrodilló y comenzó a rezar. La única forma de mantener su lengua sería monologando. Desde que su madre enfermó, sabía que si no hablaba consigo mismo, su lengua materna iba a extinguirse, como el arameo o latín que sellaron su extinción cuando el vencedor cruzaba las puertas de la ciudad conquistada. Pensó en cómo traduciría amor, cómo le hubiera dicho a su madre que la quería si aún estuviera viva; cómo hubiera elogiado los postres de su abuela; cómo le diría a su amigo de la infancia Tocop que tenía cabeza de asno o cómo volvería a rezar el Padre Nuestro con sus tías o recibir la bendición nocturna de su Tata.

Especuló en viajar a Dubrovnik, porque tenía la esperanza de que en algún rincón de la ciudad hubiera alguien que hablara su idioma. Pero luego se acordó que su padre le había dicho que en el último viaje a esa ciudad descubrió que todos los parientes habían fallecido o emigrado a América. Peregrinaría hasta la iglesia de San Donato para pedir consejo o partiría a las montañas tal vez, pero la idea de cruzar en barco hasta el continente le pareció absurda. Era un barbero pobre y además, quién cuidaría de la casa y los animales. Los vecinos eran todos mayores. Cuando estaba absorto en sus pensamientos, escuchó pasar por la iglesia una jauría de animales que estaban marchando con sus amos a la caza. Una mascota, pensó, tal vez eso lo privaría no solo de la soledad sino de perder su lengua materna. Iría donde los gitanos a comprarles a buen precio esos perros blancos con manchas que tanta burla y mofa provocaban en el pueblo. Sí, los había visto como perros de carga y además había escuchado que eran muy fieles, buenos cazadores y guardianes. Y por lo menos compartiría la geografía común de provenir de la ahora llamada isla de Krk en Dalmacia.

Cuando fue donde Bavol, los gitanos que estaban sentados bebiendo y fumando lo miraron impasibles al pasar. Le explicó el problema y Bavol rió y mandó traer a un perro joven. No tenía más de dos años y le dijo que era un cachorro imbécil y que nunca sabía lo que estaba pasando, y menos obedecía cuando lo mandaban a hacer algo. Le había pertenecido a un oficial del Imperio que posiblemente había muerto en campaña. Y ellos se lo aceptaron a la viuda. Le costaría veinte Hellers, o un centésimo de Corona o dos centésimos de Florín, porque la conversión de moneda en el Imperio Austro-Húngaro era ahora una pesadilla. El anciano agregó: sin lugar a devolución.

Tuone aceptó y un muchacho amarró al perro a una soga y se lo dio. El chiquillo le dijo que lo habían bautizado con el nombre de Chal. El perro se puso a su derecha mientras caminaba y lo siguió sin protestar. El camino no era muy largo pero sí dificultoso. Tuone le hablaba y hablaba pero el perro lo miraba con incredulidad. Cuando llegaron a un badén vio que la corriente había subido y le gritó sin pensar, esta vez en dálmata, -Dai!, y el perro se detuvo inmediatamente. Le pidió en el mismo idioma que buscara un sitio bajo para cruzar el riachuelo, a lo que el perro bordeó el agua de un lado a otro hasta llegar a la parte menos profunda. El perro cruzó muy seguro y se sentó en las patas traseras del otro lado, esperándolo. Tuone se quitó los zapatos y calcetines y pasó al otro lado. Cogió un hueso que tenía en el bolsillo y se lo dio. El perro lo cogió en la boca y siguió caminando a su costado. Había descubierto al último perro que comprendía la lengua dálmata.

Las ilustraciones que acompañan los relatos han sido creadas mediante herramientas de inteligencia artificial. Los textos literarios son obras originales de Pedro Muñoz Gerdau.

© Pedro Muñoz Gerdau