Ilustración del cuento

Fuga de Berlín

Una familia intenta escapar de Berlín Oriental por los túneles del metro en 1980.

El mecánico que reparaba señales de metro Dieter Wendt lo había decidido: cruzaría con su esposa, su primo, la mujer y su hijo David de dos años a Berlín Occidental. Decidió que lo harían el 8 de febrero de 1980. Dieter había trabajado cientos de veces en los túneles del metro y tenía libre acceso a las conexiones entre Berlín Este y Oeste. Ni él ni su primo Thomas, que era obrero, ni su esposa Sabine, profesora de ruso e inglés, habían nunca levantado la más mínima sospecha y eran ciudadanos modelo de la República Democrática Alemana.

El ruido de los trenes, el viento que resoplaba y empujaba eran para Dieter cosa de todos los días. Sabía que debajo del río había un túnel abandonado que conectaba dos estaciones por donde circulaban trenes de ambos lados: el llamado el Túnel de los Huérfanos por encontrarse cerca de un orfanato en las cercanías de la estación de metro de Janowitzbrücke, que era una de las seis estaciones por donde pasaba la Línea U8 de Berlín Occidental bajo territorio de Berlín Oriental.

Los cuatro se subieron al último vagón en la Dimitroffstrasse y descendieron en la estación Klosterstrasse por donde pasaba la línea E. Cuando el controlador de trenes se metió en la cabina después de despachar el tren, bajaron de la plataforma y caminaron al costado de los rieles tratando de esconderse de los trenes de Berlín Este que circulaban por el túnel. Un poco más allá voltearon a la izquierda y entraron al abandonado Túnel de los Huérfanos y poco a poco cruzaron debajo del río entre charcos y goteras. El ruido de los lejanos trenes del Oeste se comenzó a escuchar. Ese túnel estaba ahora abandonado y comunicaba la parte Oriental con el túnel por donde pasaba el metro de Berlín Occidental bajo el territorio de la RDA.

Ya habiendo planeado la fuga con antelación, escondió a su familia en un depósito con una bomba de agua que había sido construido para evitar las inundaciones del río Spree, que pasaba por encima del túnel. La construcción, comenzada en 1906 y terminada recién en 1917, había sido pausada por la Primera Guerra. Durante la Segunda, el túnel y la habitación de protección sirvieron como búnker contra los ataques aéreos de los aliados.

Finalmente, Dieter salió y escuchó que venía un tren de Berlín Oeste cruzando el territorio de la Alemania Comunista. Los trenes podían pasar por las estaciones que estaban en el Este pero no podían detenerse, mas era imperativo bajar la velocidad si no, los guardias tenían orden de disparar.

El entramado entre Berlín Este y Oeste era muy complicado: El Este recibía electricidad del Oeste y el Oeste el suministro de agua del Este. Había enclaves, exclaves y excepciones: territorio de la República Federal dentro de la Alemania Democrática; un puente pertenecía a una de las Alemanias, pero debajo del puente a la otra. La Guerra Fría se llamaba así porque en realidad era una guerra de nervios: un lado cortaba el suministro de agua y el otro en venganza cortaba la electricidad.

El corazón de Dieter latía fuertemente, vio en su reloj que ya eran pasadas las nueve y media de la noche. Sacó la luz roja del bolsillo de la chaqueta y la prendió. Cuando el tren estaba visible hizo un círculo con la lámpara, lo cual significaba peligro. En eso se escuchó un chirrido que les puso la carne de gallina. El chofer del tren paró en seco y, no obstante tener la orden de no parar en territorio de Berlín Este bajo ninguna circunstancia, lo hizo. Asombrados el chofer y su acompañante, porque era obligatorio llevar dos choferes a través de la zona de tránsito, vieron como tres personas y un niño estaban al lado de los rieles y les hacían señas. Sin dudar un momento les abrieron la puerta de la cabina y los metieron. Al niño prácticamente lo arrojaron al piso. El chofer les ordenó que se tumbaran en el suelo, porque en dirección Sur aún había que pasar la última estación del Este, Heinrich-Heine-Strasse, en donde los Policías del Pueblo estarían apostados a lo largo del andén observando cómo los trenes del Oeste pasaban a baja velocidad para hacerle gestos obscenos.

El controlador de Berlín Oeste, al ver en el tablero que uno de los trenes estaba parado, tuvo que detener el tráfico, que estuvo pausado por varios minutos; aun así el conductor sabía que si se quedaba más tiempo en el túnel se levantarían demasiadas sospechas por lo que partió inmediatamente.

Los Vopos, luego de cometer la payasada de masturbar los fusiles Kalachnikovs ante la gente que miraba impávida por las ventanillas, los vieron pasar, a lo que el tren volvió a acelerar a veinte kilómetros por hora y el conductor luego de un momento les dijo que ya estaban en Berlín Oeste.

Apenas llegaron a la estación de Moritzplatz, los cinco salieron de la cabina del tren con gritos de júbilo. Los pasajeros del frente, que se habían dado cuenta de lo sucedido, también vitorearon. El tráfico se paró porque aún tenía que venir la policía de Berlín Oeste y probablemente la Policía Militar del sector de los EEUU, que le correspondía la zona de Kreuzberg en el Berlín dividido.

Cuando vinieron los oficiales les tomaron los datos e inmediatamente se los llevaron a todos a la comisaría de Neukölln. Después de menos de dos horas, todos estaban en un balcón de Neukölln tomando vino y disfrutando de su libertad.

La fuga de los cuatro fue acallada por las autoridades de Berlín Occidental para no hacer peligrar fugas futuras.

Las ilustraciones que acompañan los relatos han sido creadas mediante herramientas de inteligencia artificial. Los textos literarios son obras originales de Pedro Muñoz Gerdau.

© Pedro Muñoz Gerdau