Ilustración del cuento

Ojo Celeste

En el año 2198, una astrónoma descubre una misteriosa señal procedente de las estrellas.

En el año 2198, la humanidad había alcanzado el zénit de sus proezas tecnológicas. Las estaciones espaciales flotaban vaporosamente entre las estrellas, los planetas se terraformaban y los viajes interestelares ya no eran un sueño sino una rutina. Sin embargo, en medio de esta grandeza cósmica, un pequeño observatorio en Navarra seguía siendo una reliquia del pasado, un lugar donde las maravillas del universo aún susurraban secretos a quienes se atrevían a escuchar.

La Dra. Naiara Echeandía era la última de la vieja estirpe, una astrónoma apasionada que creía en la belleza del descubrimiento por sí mismo. Mientras sus colegas cambiaban los cielos por patrocinios corporativos y el llamativo turismo espacial, Naiara se aferraba a su viejo telescopio, un modelo antiguo conocido como “Ojo Celeste”. Un aparato extraordinario, que había sobrevivido siglos y aún poseía la capacidad de escudriñar las profundidades del espacio con una claridad incomparable.

En una fresca noche, Naiara ajustó el telescopio y sus dedos rozaron el frío metal. Las estrellas centelleaban como diamantes esparcidos por un lienzo negro aterciopelado. Había pasado innumerables noches persiguiendo los misterios del universo, pero esta noche se sentía diferente. Una sensación de urgencia recorrió sus venas mientras calibraba el instrumento para enfocar un cúmulo estelar lejano conocido como la Nebulosa Moiras.

Mirando por el ocular Zeiss, el universo se desplegaba ante ella. Los colores danzaban, arremolinándose en un ballet cósmico y, por un momento, se perdió en su belleza. Entonces, algo llamó su atención: un destello entre las estrellas. Ajustó el enfoque y se le cortó la respiración al darse cuenta de que no era sólo un parpadeo, sino un pulso rítmico y deliberado.

–Imposible –susurró, entrecerrando los ojos a través del objetivo. El pulso se hizo más fuerte y definido. Era una señal, un mensaje de las profundidades del espacio.

Se le aceleró el corazón. Registró la frecuencia y el patrón, y su mente se llenó de posibilidades. ¿Era un fenómeno natural? ¿Un eco cósmico? ¿O algo más profundo? Mientras seguía observando, el pulso se transformó, formando una secuencia de luces que parecía un código. Rápidamente transcribió los patrones y sus dedos volaron por la pantalla.

Pasaron las horas y las estrellas cambiaron de posición. El pulso permanecía constante y, con cada ciclo, Naiara experimentaba una creciente sensación de conexión con lo que o quienquiera que enviaba la señal. Finalmente, al amanecer, descifró el mensaje. Era simple pero inquietante: " AYUDA".

La mente de Naiara daba vueltas con preguntas. ¿Quién era? ¿Por qué pedía asistencia? El pulso se detuvo bruscamente y un profundo silencio la envolvió. Tenía que averiguar más. Decidida, recogió su equipo y corrió hacia el centro de investigación.

Las instalaciones estaban llenas de científicos que iban de un lado para otro, mostrando vibrantes imágenes de galaxias lejanas. Se acercó al Dr. Ramón Larrás, su antiguo mentor, ahora astrofísico jefe del proyecto.

–¡Ramón, escúchame! –exclamó sin aliento– he recibido una señal de la Nebulosa Moiras. Es un pedido de auxilio.

Ramón levantó una ceja, escéptico. –Naiara, llevamos décadas persiguiendo fenómenos cósmicos. Es probable que se trate de un fenómeno natural, un púlsar o algo parecido.

–¡No, no lo es! –insistió ella– lo he descodificado. Dice “AYUDA”. Tenemos que investigar.

Tras un momento de tensión, la expresión de Ramón se suavizó. Podía ver la pasión en sus ojos, la convicción inquebrantable de que se había topado con algo extraordinario. –De acuerdo, pasemos los datos por el ordenador central para considerar una misión.

Horas más tarde, la sala estaba llena de analistas de datos e ingenieros, todos estudiando detenidamente los hallazgos de Naiara. El ambiente estaba cargado de expectación. Finalmente, Ramón se volvió hacia ella, con el rostro pálido: –Tenías razón. La señal es auténtica y procede de un planeta de la Nebulosa Moiras, denominado Larzania-0893. Tenemos que preparar una expedición.

En pocos días, Naiara se encontraba a bordo de la nave estelar Covadonga, dirigiéndose hacia la Nebulosa Moiras. La tripulación era una mezcla de científicos, ingenieros y exploradores, todos deseosos de desvelar el misterio de Larzania-0893. A medida que se acercaban al planeta, el corazón de Naiara se llenaba de esperanza e inquietud.

Larzania-0893 era un mundo exuberante, su superficie estaba cubierta de una flora vibrante y lagos relucientes. Al aterrizar, una sensación de desasosiego la invadió. El aire estaba cargado de un silencio inusual, como si el propio planeta contuviera la respiración. Se dispusieron a localizar el origen de la señal.

Las horas se convirtieron en días mientras recorrían los extraños paisajes. Finalmente, tropezaron con una enorme estructura semienterrada bajo enredaderas y follaje. Parecía un templo y sus paredes estaban adornadas con intrincadas tallas que emitían una tenue luz. Cuanto más se acercaban, más sentía la energía emanante.

Cuando entraron, se encontraron con una cámara repleta de pantallas holográficas que representaban escenas de la historia del planeta. Los habitantes, una civilización antaño próspera, habían sido devastados por un acontecimiento cósmico que los había dejado abandonados y desesperados. Las señales que habían enviado eran gritos de auxilio, intentos de alcanzar el vacío.

El corazón de Naiara se hundió al darse cuenta de la verdad. Los habitantes eran ahora meras sombras, su esencia atrapada en la tecnología que habían creado. Se habían convertido en el pulso que ella había detectado, y su última súplica resonaba en el cosmos.

Naiara dijo: –No pudimos salvarlos. Pero podemos recordarlos y honrar su legado.

Con el corazón encogido, registraron la historia de Larzania-0893, las historias de sus gentes y la belleza de su cultura. Mientras se preparaban para partir, Naiara colocó el Ojo Celeste para capturar una última imagen del planeta, un tributo a aquellos que habían fallecido.

Cuando la Covadonga ascendió, dejando atrás Larzania-0893, Naiara contempló el mundo que había compartido su dolor y su belleza. El telescopio no sólo le había revelado las maravillas del universo, sino que también la había conectado con una civilización perdida. En ese momento, comprendió el verdadero poder de la exploración: dar testimonio, recordar y mantener vivas las estrellas en los corazones de la humanidad.

Las ilustraciones que acompañan los relatos han sido creadas mediante herramientas de inteligencia artificial. Los textos literarios son obras originales de Pedro Muñoz Gerdau.

© Pedro Muñoz Gerdau